Los grandes coches, las tan soñadas casas que tantas horas nos hacen trabajar nada pegan con las pequeñas tiendas de barrio. Sobre todo con aquellas de ultramarinos que paseando por las zonas más antiguas de nuestras ciudades se llenan de “paquitas” comprando a granel y comentando con la tendera su vida más personal.
¡Quién no recuerda este tipo de comercios! Cuando pasas por la puerta de uno de ellos te sumerges en un mundo diferente. La melancolía se apodera de ti, la infancia se abre paso entre empujones y llega hasta tú memoria. Recuerdas las veces que has comprado chucherías ahí, añoras a tu madre mandándote a comprar legumbres, aceite, o huevos, porque si algo tienen este tipo de comercios es que puedes encontrar de todo, desde pan, pasando por la fruta, hasta el típico dulce de la tierra.
Pilar Sabalza tiene 74 años y desde los 13 regenta una de las tiendas más emblemáticas de Luesia, un pueblo de Zaragoza de más de 4.000 habitantes en verano. Todo el que pasa por esta pequeña localidad aragonesa hace una parada en Casa Pilarín.
Cuando te adentras en su pequeño negocio parece que te transportas 30 años atrás. No hay caja registradora, hay un pequeño cajón de madera y una libreta donde lleva sus cuentas. Tampoco hay una lujosa cámara frigorífica, ni el trajín agobiante de los que van a comprar ahí, como ocurre en los grandes hipermercados.
Pilarín es el nombre por el que todos la conocen en el pueblo. Adora los viernes, que es cuando le traen toda la mercancía necesaria para la semana, y lo más importante, se llena de gente. Pero aun así, si le preguntas cómo ha cambiado el negocio en estos años, ella explica apenada que cada vez va menos gente: “ahora los jóvenes se marchan a la ciudad a comparar”, y sólo la visitan las señoras mayores.
A pesar de todo Pilarín tiene la misma ilusión que el primer día, atiende risueña a todas las clientas que van acudiendo a comprar:
-¿Buenos días Carmen, cómo están todos?, le pregunta a una señora que entra a la tienda.
- Bien, vamos tirando, que con este frío que ha llegado de pronto. Contesta Carmen compungida.
- ¿Qué te pongo?, tengo un jamón exquisito, me ha llegado hoy de Ejea, ¿quieres un poco? Le pregunta Pilarín sonriente.
Una conversación impensable en cualquier supermercado. No saben tu nombre, y mucho menos te preguntan por tu familia. Es un pueblo, un negocio familiar de más de 50 años. ¿Cómo no va a conocer a todos los que se acercan a su tienda? esto sólo ocurre aquí y no en las grandes ciudades como la nuestra, ¿o quizá sí?



